09 La Inerrancia y las EnseA�anzas de Cristo P2
Capítulo 9 La Inerrancia y Las Enseñanzas de Cristo
Segunda Parte En un mismo día dos grupos retaron a Jesucristo. Los herodianos procuraron hacerle caer en su trampa al preguntarle si era lícito dar tributo a César. Luego los saduceos tomaron su turno (Matthew 22:23-33). En ese diálogo tenemos más clara evidencia de la fe del Señor en la inerrante y minuciosamente autoritaria Escritura.
Los saduceos creían en la autoridad del Pentateuco. Sin embargo, negaban la existencia de ángeles y otros espíritus y la resurrección de los muertos porque ellos no lo hallaron en el Pentateuco. Llegando a Jesús, inmediatamente demostraron su hipocresía al hacerle una pregunta acerca de la resurrección. Además, para reforzar su pregunta, pusieron una ilustración basada en el Pentateuco. Fue de la ley levirato en cuanto al matrimonio (del latín, “matrimonio del hermano del esposo” que se encuentra en Deuteronomio 25). La ley obligaba al cuñado de la viuda sin hijos a casarse con ella si fuera posible. Si no, entonces la responsabilidad caía sobre el pariente más próximo como en la historia de Rut y Booz (Ruth 4:6).
Fue sobre esta base que los saduceos idearon una historia acerca de siete hermanos, de los cuales el mayor se casó con una mujer pero murió dejándola sin hijos. Entonces, cada uno de los otros seis se casó con ella en su turno después de haber muerto el hermano próximo mayor.
Finalmente, el séptimo esposo murió y por fin la esposa.
Los saduceos confrontaron al Señor con la pregunta: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?”
Su respuesta fue severa. El los acusó de error, de ignorancia de las Escrituras y de ignorancia del poder de Dios (v. 29).
Después, Cristo evaluó la pregunta y juzgó que no fue importante (v. 30). Fue inaplicable porque en la resurrección la gente no se casa. Son semejantes a los ángeles quienes no se casan porque no hay necesidad de procrear angelitos. El número de ángeles es fijo desde el tiempo cuando fueron creados. De manera semejante, en la vida futura, los seres humanos no se casarán porque no habrá necesidad de que nazcan infantes. Cristo no estaba diciendo que las personas llegan a ser ángeles después de morir, sino que solamente son como los ángeles y no procrearán. Dado que así es, no hubo necesidad de contestar la interrogante de los saduceos. Era completamente ajena al caso. La ley levirato de matrimonio fue hecha para asegurar que hijos nacerían para llevar el nombre de la familia por si el primer esposo muriera, pero en el cielo no habrá necesidad de tal provisión, y así resultaba absurda la pregunta.
Como si no fuera suficiente acusar a los saduceos de error, de ignorancia y de cosas ajenas al caso, el Señor procede a enseñarles una sana doctrina de una cita del Antiguo Testamento (Exodus 3:6), la cual ellos consideraban autoritaria. La lección fue simplemente esta: Contrario a su doctrina, las Escrituras del Antiguo Testamento enseñan que hay vida después de la muerte.
La muerte no pone fin a todo como ustedes enseñan.
Nuevamente, nuestro Señor usó un argumento muy sofisticado. Pienso que pocos de nosotros escogeríamos usar Éxodo 3 para enseñar la doctrina de vida después de la muerte. Pero, Jesús, sí lo hizo.
Note también, cómo en John 10:34, él fundamentó su argumento sobre la palabra escrita, no sobre ideas generales, sino palabras específicas y escritas. Específicamente, basó su tema sobre la manera en que Dios se identificó a Moisés desde la zarza ardiente: “Yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacobo”. Esto comprueba, sigue el Señor, que Dios es Dios de los vivos, lo cual quiere decir que Abraham, Isaac, y Jacob estaban vivos todavía aunque habían muerto antes que fueran dichas esas palabras.
¿Cómo comprueba esa identificación la doctrina de vida después de la muerte? Simplemente por el uso del verbo en presente, “Yo soy”. Abraham, Isaac, y Jacob habían muerto centenares de años antes que Dios hablara a Moisés. Sin embargo, Dios dijo que él era todavía su Dios cuando estaba hablando con Moisés. Eso no habría sido posible si Abraham, Isaac, y Jacob hubieran cesado de existir cuando murieron. Fue posible solamente, si, contrario a la doctrina de los saduceos, no termina todo con la muerte.
Por supuesto, la diferencia entre Yo soy y Yo fui es un asunto del tiempo del verbo. Su argumento se basaba en el tiempo presente en lugar del pasado. Cristo ocupó el tiempo presente para sostener la doctrina de la resurrección.
La fuerza de lo que Cristo estaba diciendo se puede ilustrar en la siguiente forma: Siendo un predicador visitante, muchas veces soy invitado a la casa de uno los miembros para cenar. He descubierto que, por lo general, un tema apropiado de conversación es preguntar por los niños de esa familia. Supongamos que pregunto: “¿Cuántos niños hay en la familia?” y el papá o la mamá contesta: “Tuvimos cuatro, pero uno murió; así que solamente tenemos tres ahora”. Encontrando tal respuesta no puedo estar muy seguro en cuanto al estado espiritual o madurez de aquellos padres. En cambio, si a la misma pregunta otros padres contestan, “Tenemos cuatro; uno está en el cielo y tres están aquí con nosotros”, entonces tengo mucha confianza que ellos no creen que con la muerte se acaba todo, sino que hay una resurrección por venir.
La diferencia está solamente en el tiempo del verbo: Tuvimos o tenemos. Yo fui su Dios o yo soy su Dios.
Observe cuidadosamente las ramificaciones de la declaración de Cristo aquí.
1. Dio por sentado la historicidad de la aparición de Dios a Moisés.
2. Dio por sentado que la revelación de Dios llegó en una declaración proposicional.
3. Dio por sentado que cada palabra de aquella declaración era confiable y precisamente correcta.
4. Dio por sentado que la verdad doctrinal tiene que ser basada en la exactitud de la historia. La Biblia no puede ser incorrecta en asuntos de la historia y luego correcta en la doctrina.
5. Dio por sentado que uno puede usar pasajes difíciles y todavía confiar en su exactitud.
Más tarde, el mismo día, cuando los fariseos se habían juntado con otros antagonistas, el Señor
Jesús llegó a ser el agresor, haciéndoles una pregunta directa: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” (Matthew 22:41-46). La respuesta de ellos fue inmediata: El hijo “de David”. Fue correcta pero incompleta. Cristo es el hijo de David en cuanto a su humanidad, pero también es
Hijo de Dios, y Jesús quería que los fariseos también lo confesaran. Por eso les pregunta: “¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor?” Y para probar que así lo hizo David, él citó el Psalms 110:1. En ese salmo, el Señor (eso es, el Padre) dijo a “mi Señor” (el Mesías, quien era el Señor de David): “Siéntate a mi (del Padre) derecha hasta que (yo, el Padre) ponga a tus (el Mesías) enemigos por estrado a tus pies”.
¿Cómo pudo David llamar al Mesías su Señor si el Mesías era solamente hijo de David? La
única respuesta es que el Mesías fue también el Dios de David. En otras palabras, el Mesías tuvo que ser tanto Dios como hombre. Como hombre fue hijo de David; como Dios, el Señor de David. El pronombre “mi” conecta a David a su Mesías-Señor.
Tal vez esta ilustración ayude: Cuando la Reina Elizabeth II muera o renuncie, se cree que el Príncipe de Wales llegará a ser el Rey Carlos. Suponga que el Príncipe Felipe, su padre, vive todavía. Pregunto a alguien: “El Rey Carlos, ¿de quién es hijo?” La respuesta sería: “Del
Príncipe Felipe”. “Pero”, digo yo, “Yo vi la coronación del Rey Carlos en la televisión, y vi al
Príncipe Felipe hincarse y jurarle lealtad. ¿Por qué es que Felipe llama a Carlos ’señor’“? La contestación es sencilla: El Rey Carlos es el soberano rey de Felipe, aunque también es su hijo natural. El es tanto el hijo de Felipe como es el señor de Felipe. Así, el Mesías fue hijo de David y, ya que el Mesías es igual a Dios, él es el Señor de David.
La procreación natural une al Mesías a David como descendiente de David. El pronombre “mi” en el Psalms 110:1 une al Mesías a David como el Señor Dios de David. Y el pronombre “mi” es simplemente una yodh, aquella letra hebrea más pequeña agregada a la palabra “Señor”. No hay cosa más central a la Cristología ortodoxa que la completa deidad y verdadera humanidad de Jesucristo. Si él no fuera el Dios-Hombre, no podría ser un Salvador adecuado, ni sumo sacerdote ni juez. ¿Quién de nosotros hubiera pensado en usar el Salmo 110 como lo hizo nuestro Señor para subrayar la verdad de quién es él? Pero es exactamente lo que Jesús hizo, basando su argumento con los fariseos en una sola palabra hebrea “mi Señor”. Ciertamente, lo que parecen ser minucias de las Escrituras son confiables.
Por lo tanto, ¿qué hemos aprendido de la actitud de nuestro Señor hacia la Biblia?
1. Se puede confiar plenamente en el deletreo de las palabras, y ninguna promesa será cumplida en forma diferente de la manera en que está escrita.
2. La única manera en que las Escrituras pueden perder su autoridad es si contienen errores, pero Cristo enseñó que no se pueden quebrantar. De modo que, él ha de haber creído que las Escrituras no tenían errores.
3. El Señor elaboró argumentos sofisticados sobre una sola palabra y aun sobre el tiempo de un verbo.
Vuelvo a preguntar: ¿Quién puede decir que anda en pos del Señor sin aceptar su enseñanza acerca de la inerrancia de las Escrituras?
