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Chapter 24 of 28

218 El Falso y Verdadero Acomodamiento

4 min read · Chapter 24 of 28

CAPÍTULO XVIII EL FALSO Y EL VERDADERO ACOMODAMIENTO

Por cuanto los escritores del N. Testamento se apro­pian muchos pasajes del A. T. para usarlos como ilustra­ción o por vía de aplicación especial, muchos han soste­nido que todas las citas traídas del A. T., aun las profecías mesiánicas, han sido aplicadas en el Nuevo Testamento en un sentido que difiere, más o menos ampliamente, de su significado original. Tal ha sido la posición asumida especialmente por muchos racionalistas de Alemania, y algunos han llegado hasta a enseñar que nuestro Señor se acomodó a las preocupaciones de su época y pueblo. Nos dicen que el uso que él hizo de las Escrituras era la natu­raleza del argumento y la apelación ad hominem; y hasta que sus palabras tocantes a la expulsión de demonios, -así como otros asuntos de creencias judías, no era más que una transacción con los errores y supersticiones del vulgo.

Semejante teoría de acomodamiento debe ser repudia­da por todo exegeta sobrio y reflexivo. Con ello se enseña, virtualmente, que Cristo propagaba falsedades y acusaría a cada escritor del N. T. de una especie de ilusión, dolo mental y religioso. En realidad, el divino Maestro, como todo maestro sabio, acomodó o adaptó .sus enseñanzas a la capacidad de sus oyentes; es decir, condescendió a colo­carse él en el plano de la ignorancia o escaso conocimiento de ellos. Hablaba de manera que aun el vulgo pudiera en­tender y, entendiendo, creer y ser salvos, pero declaraba que en aquellos que no tenían disposición para investigar y poner a prueba su verdad, las palabras de Isaías (6: 9-10 ) recibían una nueva aplicación y un cumplimiento muy significativo (Matthew 13:14-15) y esto era estrictamente cierto. Las palabras de Isaías fueron, originariamente, di­rigidas a los corazones aletargados y ciegos del Israel de otra época. Ezequiel las repitió con igual propiedad acerca del Israel de una generación posterior (Ezeq. 12:2) y nuestro Señor las citó aplicándolas al Israel de su día, como una de esas Escrituras homiléticas que se cumplen una y otra vez en la historia humana cuando las faculta­des de percepción espiritual se embotan perversamente para con las verdades de Dios. La profecía en cuestión no era la predicción de un acontecimiento especial sino un oráculo de Dios, de líneas generales y de naturaleza tal que lo hacía susceptible de repetidos cumplimientos. Por eso tales profecías no suministran dobles sentidos. El sen­tido, en cada caso, es simple y directo, pero el lenguaje es susceptible de varias y aun de múltiples aplicaciones. Y aquí observamos un sentido correcto en el que las pala­bras bíblicas pueden acomodarse a ocasiones y objetos particulares. La hallamos en los múltiples usos y aplica­ciones de los cuales son susceptibles las palabras de divina inspiración.

En Mateo 2:17-18 se cita el lenguaje de Jeremías 31: 15 como cumplido en el llanto y lamentación ocasionados por la masacre de párvulos en Belén. En el más ele­vado giro de concepto poético, el profeta Jeremías presenta la aflicción de las penalidades y el destierro de Israel. Se le ocurre la idea de que a la afectuosa Raquel, -madre de la casa de José, Efraín y Manasés (Gén. 30:24; 41:51, 52) y madre de Benjamín (Gén. 35:18, 20)--, se la oyera llo­rar y lamentarse en Ramah por la pérdida de sus hijos. El profeta menciona a Efraín (Jeremiah 31:18; Jeremiah 31:20) como la tribu principal y representativa de todo Israel. La agonía de la tierna madre es sobre un dolor más grande que sólo el destierro de Judá. Introduce, también, la derrota y cauti­vidad de Efraín, y se menciona a Raquel más bien que a Lea, a causa de su gran deseo por tener hijos (Gén. 30:1) y las melancólicas circunstancias de su fallecimiento (Gén. 35:18) . Se representa la lamentación como oída en Ramah, por varios motivos. Esa ciudad ocupaba una pro­minencia notable en el territorio de la tribu de Benjamín, desde la cual el poeta concibe que el sonido de los lamen­tos pudiera extenderse hasta las orillas de las tierras de Benjamín y de Judá. En Ramah estuvo el hogar de Anna, madre de Samuel, (1 Samuel 1:19-20 ), cuyas ansias mater­nales fueron tan semejantes a las de Raquel. También fué en Ramah donde los proscritos judíos fueron reunidos an­tes de su deportación a Babilonia (Jeremiah 40:1 thew:1 hew:1). El corazón de Raquel, en ojos del profeta, era lo suficientemente grande como para sentir y lamentar las angustias de todos los hijos de Jacob. Todo esto ocurre a la mente del evan­gelista al relatar la masacre de los niñitos de los alrede­dores de Belén (Matthew 2:16) . Le parece como si el co­razón lleno de amor materno, de Raquel, clamase una vez más, aun desde el fondo de su tumba, no siendo esta segunda angustia más que una repetición de la del destie­rro, siendo la primera un tipo de la última. Y esto fue un cumplimiento de aquella poética profecía aunque no se diga que esta aflicción de Belén aconteció para que se cumplieran las palabras de Jeremías. Mediante un "acomodamiento" correcto y legítimo el evangelista trae las palabras del profeta para reforzar su relato del tremendo duelo. Dice Davidson: "Teniendo en cuenta la íntima relación entre tipo y antitipo, ora el primero sea una persona, como, por ej., David, ora un acontecimiento, como el nacimiento de un niño, no hay por qué hallar tro­pezadero en la manera como se introducen ciertas citas en el N. T. ni recurrir a otros modos de explicación que pare­cen ser objecionables. No adoptamos, como algunos, la hipótesis de un doble sentido, para la cual hay objeciones de gran peso. Tampoco concebimos que el principio de acomodamiento, aun en su forma más indulgente, se ele­ve hasta la verdad. Los pasajes que contienen profecías típicas siempre tienen una referencia directa a hechos o cosas en la historia de las personas, o pueblo, de quienes es obvio que el contexto se ocupa. Pero estos hechos o cir­cunstancias eran típicos de operaciones espirituales en la historia del Salvador y de su reino".

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